jueves, 3 de julio de 2008

· Vista a través de un nuevo cristal ·

Apoyé la oreja en la pared helada, lisa. Escuchaba murmullos lejanos a tan solo unos pasos de mi existencia. Cerré los ojos para concentrar mi atención.
Inútil: aunque las voces parecían querer dirigirse a mí (y solo a mí). Como enviciadas con alguna especie de agonía eterna, una agonía que las obligaba a vomitar consejos, palabras y frases cliché sobre mis pies cansados, sobre mi cara demacrada, sobre mi cuerpo exhausto.
Me arrodillé en las cerámicas frías, sentí el ardor de las heridas en cada uno de los centímetros de mi piel. Toqué mi rostro y descubrí sangre, toqué mi pecho y sentí la carne tibia y viva del músculo palpitante.
Arrastré mi cuerpo hacia el marco de la puerta, recorrí con la vista el cuarto oscuro-luminoso.
Sentí el viento en mi cara. Frío, salado. Y vi nuevamente el mar, ese mar en donde hace algunos días lancé lejos los barquitos. Bien lejos. Para que encontraran su propio destino. Ese que no se corresponde al mío, que no tiene equivalencia en mis proyectos, que no tiene futuro en mi futuro.
La luz me dañó los ojos.
Apoyé la oreja sobre la pared helada, lisa. Escuché los murmullos cada vez más cercanos.
El agua llegó hasta mis rodillas. La sal terminó por agudizar el dolor de las heridas permanentes.
Y sentí que me dejaba llevar. Sí, por esa corriente que no quiso detenerse. Por esas olas que me abrazaban cálidamente, y me llevaban lejos, sí; a cualquier destino lejos de este mundo, de esta tierra, de este presente, de esos barcos y de ese horizonte que no me pertenece.

Los murmullos se volvieron griteríos. A medio centímetro oí la voz que tanto me había estado llamando, buscando. La espuma y el agua fueron testigos. Porque nos enredamos.

Y no eran murmullos, ni gritos...

eran tus palabras; de esas suaves y tibias.

I'm dying of love
it's OK

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